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Grupos afectados

Según Villacres (2009), la prostitución en mujeres se desarrolla, al igual que todo negocio, en base a la oferta y demanda de su servicio. Sin embargo, Juliano (2002) argumenta que muchos creen que las mujeres prostitutas son dañinas para el sistema y, por ende, es necesario silenciarlas.

 

A través de relaciones impersonales con los clientes, estas personas buscan salir adelante, es decir, desarrollar un proyecto de vida saludable y armonioso. De esta manera, recurriendo a la prostitución, muchas lograrán el capital necesario para poner un negocio en el futuro, para inciar o terminar estudios superiores, para apoyar a sus familiares, etc.

 

La prostitución puede ser considerada como un fenómeno social estigmatizado. El estigma es entendido como lo que no cumple con el requerimiento de los códigos morales dominantes (Wuthnow, 1989). En la prostitución, el estigma refiere a un comportamiento sexual y uso del cuerpo no deseado y vergonzoso para la sociedad. De acuerdo con Gorenstein (2013),  la prostitución en sí no quiebra la ley, pero quiebra el orden social y el orden moral por ser considerada como una actividad ilegítima: las mujeres que se prostituyen son consideradas únicamente como trabajadoras parciales sin derechos ni deberes laborales.

 

En sus estudios, Gorenstein (2013) afirma que, dada esta diferenciación entre estas mujeres trabajadoras sexuales y aquellas que no lo son, se distinguen dos subuniversos por los cuales transitan y performan las mujeres que se prostituyen. Así, entonces, se encuentra un subuniverso mayor que es el de la sociedad que, a partir de códigos morales, estigmatiza su actividad. El segundo subuniverso es el lugar de trabajo en el que desempeñan el rol de prostitutas y genera permisividad. En éste, las mujeres que se prostituyen saben de la desaprobación social que posee su trabajo: todas conocen el estigma que poseen. En consecuencia, dentro de este modelo no existe la posibilidad de que una mujer que se prostituye sea madre o esposa a la vez. Las mujeres que se prostituyen se encuentran estigmatizadas y se atienen a adjetivos tales como “puta”, “impura”, “sucia”, “no-respetable”; en contra de lo que culturalmente debería reflejar una mujer virtuosa: “madre”, “pura”, “respetable”, “decente”, “limpia”, entre otros.

 

 

 

La prostitución es un fenómeno psicosocial donde el cuerpo pasa a ser considerado una mercancía, donde la “búsqueda de placer” no es más que la búsqueda de dominio y poder sobre el cuerpo del otro sin considerársele integralmente como ser humano (Alarcon, 2013).

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